“Papá, me mata”

Desde el primer momento aquella casa no era normal. Mi padre apenas había firmado el contrato de alquiler y cuando fuimos a limpiar nos encontramos con la puerta de par en par, nos extrañó porque juraría haber visto como mi padre cerraba con llave la puerta al salir el día anterior. Sin embargo,  un despiste lo tiene cualquiera.

Al limpiar la casa, encontramos unos zapatos de mujer negros y enormes, algo extraño y que a mi abuela no le dió buena espina pero bueno cuentos de abuelas, no eran más que unos zapatos y por más que ella se empeñara en que los tirásemos los guardamos por si la casera los reclamaba. Ya instalados, empezamos a vivir y no sin sobresaltos.

Mi madre, como el 99% de las madres es un poco histérica y capaz de memorizar la posición exacta de cada uno de los adornos del salón, llegando a sospechar si giras medio grado la figura del borrachín de cerámica de la estantería; por tanto que cada día una silla del salón apareciera retirada de la mesa levantaba suspicacias. Claro que eso era lo de menos, ya que una noche estabamos cenando, la puerta de casa ya estaba cerrada con llave y puesta la cadena de seguridad cuando de pronto, oímos como se abría; nos quedamos todos paralizados y sin acertar a movernos a ver que sucedía. Una vez pasado el primer impacto, yo misma fuí a comprobarlo y efectivamente, la puerta estaba abierta sin explicación plausible ni lógica. Ese fue el verdadero inicio de todo.

A los días, me encontraba mal y me quedé en casa. Serían alrededor de las 9.30 de la mañana y estaba en la cama, tumbada de lado mirando a la pared cuando oí y sentí una palmada en mi oído; al girarme no había nadie. Pensé que serían cosas mías pero al levantarme y ver a mi madre le conté mi “sueño” y ella me confesó que no lo había dicho para no asustarnos pero que le había ocurrido varias veces antes e incluso había notado el peso de alguien que se sentaba a su lado en la cama. Sin embargo, aquel episodio continuaba sin tener importancia.

En otra ocasión, estaba sola en casa viendo la televisión cuando miré a mi perro y le ví moviendo la cabeza de lado a lado, con gesto de curiosidad y la mirada fija en el pasillo. La verdad,  pensé en algún tipo de mosca que le tenía hipnotizado pero de pronto vi el brillo de las luces de la habitación de mis padres (al fondo del pasillo) encendidas, me levanté y fuí a apagarlas. El problema vino cuando volví al salón y a mi programa de televisión y a los pocos minutos oí a mi perro (que seguía con la mirada fija en el pasillo) empezar a gruñir cada vez más intensidad, fuí a calmarle y… ¡las luces se habían vuelto a encender! Me tranquilicé, cogí al perro en brazos y fui otra vez hasta el final del pasillo para apagar la luz, al volver al salón pude ver a través del espejo del comedor que la luz estaba otra vez encendida. No lo pensé más, cogí la puerta y me fuí. Sentada en el portal me encontró mi familia a su vuelta. Sin embargo, aquel episodio tampoco fue el más importante.

Ni objetos, ni olores, ni ruidos… la noche que de verdad nos asustamos llegó en septiembre, como cada día nos fuimos a dormir y de pronto en medio de la noche oímos gritar a mi hermana pequeña, nunca he tardado tan poco en saltar de la cama y en medio del pasillo me encontré con mi padre que corría como una exhalación, mi hermana pequeña estaba de pié en medio de su cuarto gritando que algo le pasaba a mi otra hermana. La puerta contigua estaba cerrada y al girar el pomo para abrir, encontramos con que no eramos capaces de abrir la puerta, el dormitorio no disponía de pestillos pero no eramos capaces de abrir y mientras tanto mi hermana, dentro, gritaba como si alguien la estuviera atacando. Mi padre, mi madre y yo empujabamos con todas nuestras fuerzas la puerta hasta que conseguimos abrir una pequeña rajita por la que mi madre, en su desesperación. consiguió entrar. Allí encontró a mi hermana de pié con los ojos muy abiertos y sus manos alrededor del cuello gritando “papá, me mata”.  Cuando mi madre llegó hasta ella y le cogió las manos, la niña empezó a llorar y de pronto la puerta cedió por completo. Aquella noche mi hermana, a sus 15 años, durmió entre mis padres y no quería separarse de ellos bajo ningún concepto. Nunca supimos que ocurrió en aquella noche, solo sabemos que la puerta de aquella habitación no volvió a cerrarse nunca, mi padre instaló una argolla que anclaba la puerta a la pared para que no pudiera cerrarse ni por error.

¿Serían los zapatos?, ¿sería sugestión?, ¿quizá fue sonambulismo? La verdad es que cuando comentaron con amigos que vivían en otro portal del mismo edificio, ellos nos confirmaron que en todo el bloque había movimientos, ruidos, olores y hasta visiones que no tenían explicación. Vivimos en aquella casa dos años y sin duda aquella fue una noche a la que aún hoy no encontramos sentido.

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